Por un momento logro apaciguar mi mente, que tanto
divaga entre ideas, pensamientos, angustias y pendientes. Siento esa rara calma
que da el silencio de la soledad, sin importar que estés rodeado de sonidos.
Los autos, la televisión, el ladrido de los perros, los sonidos del piso
superior, desaparecen mágicamente en el silencio de esa calma tan necesaria
para la mente del hombre moderno, ese momento de introspección que nos permite
saborear, oler, tocar, oír, sentir y pensar para nosotros mismos. Hablo con ese
yo que tanto busca ser escuchado, y tiene tanto que decir, pero que pocas veces
nos damos el tiempo o el espacio para escuchar.
Me relajo, me recargo en el respaldo de mi cómodo
sillón, tomo un sorbo de refresco con hielos que burbujea y refresca mi boca.
Cierro los ojos y siento un minuto de paz, que sé perfectamente es efímero,
pero disfruto como un valioso regalo que el día me he otorgado. Veo a mi
alrededor y noto detalles que regularmente escapan a la vista: el color y
desgaste de los muebles, los aparatos electrónicos tintineando sus lucecitas
frente a mí, las ventanas polvorientas, los pasillos, y hasta las
imperfecciones de las luces, las cuarteaduras de los techos, los plafones, los
colores de las paredes, los desniveles del piso. “¿Acaso esa grieta ya estaba
ahí? ¿Cuándo compré esa botella de licor? ¡Ah! ¡Ahí estaba mi reloj! ¿Hace
cuánto que no lo traigo puesto? Me duele mano y mi espalda, ¿Cuándo me lastimé?
Creo que necesito un par de zapatos nuevos. ¡Cuánto pelo suelta ese perro!” Y
así, uno a uno pensamientos profundos de detalles superfluos van saliendo, y me
doy cuenta cuán perdido estoy día a día en la rutina, el trabajo, y en el
maldito celular que tanto atrae mi atención por las redes sociales, ese
demoniaco invento que te acerca a los que están lejos, pero que te aleja de los
que tienes cerca. Tan adictivo y vigorizante, pero que saca ese otro yo que a
veces domina: el Cyberyo, el yo virtual con cara de Avatar, Emoji o meme, que
navega en un megabyte volador por la nube y llega a mis familiares y amigos
lejanos…pero bueno, esa es otra historia, tal vez otro día la podamos meditar.
Un pestañeo, un bostezo, me estiro en un estoico
intento de desperezarme y moverme de la cómoda prisión que me retiene hace
apenas… ¡media hora! ¿Cómo pasó eso, cuando voló el tiempo, si hace apenas un
fugaz minuto que me senté en el sillón? ¡Hay tanto que hacer! Y comienzo
nuevamente mi peregrinar acelerado. Hay mucho silencio, ¿qué estarán haciendo
los niños que no los escucho? ¿y los perros?
Subo a paso firme las escaleras para acallar mis
inquietudes, dispuesto a combatir a los hijos, que de seguro están perdiendo el
tiempo miserablemente. Entro a la primera habitación, a mi habitación, y salta
a la vista mi hija de en medio. Sentada sobre la cama, una libreta a su lado
con algo escrito que no alcanzo a ver, la guitarra en sus manos, con audífonos puestos
mientras gesticula mudamente una canción que no conozco, con el ímpetu de una
concertista ante el más entusiasta público. Menea sus bucles al aire al ritmo
de una melodía que sale casi imperceptible de los audífonos ceñidos a su cabeza.
No me ha visto frente a ella observándola detenidamente, con curiosidad, con un
amor solo comprensible por un padre. Mi mente divaga recordando momentos de su
infancia ya dejada atrás, que de golpe toman por asalto mis añoranzas y mi
corazón; una mujercita cada vez más bella, ojos brillantes y expresivos llenos
de un jovial brillo envidiable, su sonrisa traviesa, su risa escandalosa y
contagiosa. Pero con más detenimiento sigo viendo a esa niña pequeña y frágil que
tantas veces se durmió en mis brazos mientras la cargaba por las plazas, o
sentado en un sillón. Sigo oyéndola jugar, cantar, bailar, sigo viéndola luchar
por un balón en los juegos de basquetbol, o lanzando un balón de americano,
concentrarse leyendo un libro, llorando o gritando de emoción por su película o
historia favoritas. La veo aún con ese disfraz de Blanca Nieves, con colitas de
Puca, con trenzas, con pelo suelto, con gorra, en su bicicleta aprendiendo a
manejar mientras la persigo por el parque agarrando el asiento, y luego
dejándolo ir sin que se dé cuenta, sola, sin caer, feliz, aplaudiendo, riendo…Y
me rehúso a verla crecer más. Quiero que se congele el tiempo en esa pequeña
que me enseñó lo que es ternura por primera vez, que despierta en mi al
protector que nunca quiero dejar de ser. Mi corazón se estremece al recordar
nuestras pláticas, nuestros momentos juntos, nuestros juegos que solo son
nuestros, y de nadie más. Y llora al imaginar que algún día habré de entregarla
al pie de un altar, que alguien la arrebatará de mi lado para hacerme solo parte
de su pasado. Una lágrima corre por mis mejillas y siento un gran nudo en la
garganta que no me deja hablar. De pronto, sus hermosos ojos se levantan y se
fijan en los míos, me sonríe, bromea conmigo, me narra alguna aventura, y me
inunda con su risa. Por un bello momento, solo somos ella y yo, amigos,
cómplices, padre e hija. Un círculo perfecto, una muralla impenetrable, un
nuevo regalo que el día me ha dado, y que nada ni nadie podría quitarme jamás.
Me armo de entereza, vuelvo a mi papel de padre, la convengo a hacer sus
deberes y apurarse, que el tiempo se va volando. Obedece con cierta
displicencia, pero finalmente obedece, y la magia desaparece. Salgo del cuarto
sintiéndome un poco más solo, un poco nostálgico, pero también satisfecho.
Tengo una bella Musa en mi vida, una artista, una bella hija convirtiéndose en
mujer. Algo debo estar haciendo bien.
Continúo mi recorrido, entro al cuarto donde mi hijo
mayor hace su tarea. Entre música estruendosa, el clásico aroma no tan
agradable y el desorden desorganizado característicos de una habitación de
adolescente, lo veo concentrado en una de 4 pantallas frente a sus ojos,
divagando entre cada una de ellas en forma aleatoria. Celular (otra vez ese
demoniaco invento), tableta, computadora, televisión, música metalera (la cuál
disfruto enormemente), y un par de libretas abiertas para simular estar
haciendo la tarea escolar. Absorto en su mundo, lo veo serio, ceño fruncido,
sus rasgos son duros, marcados, esconden muy en lo profundo el rostro de aquel
niño que hace ya bastante tiempo dejó de ser. Veo el resultado de su
crecimiento, de su paso por la escuela, y del paso por el gimnasio que ha
tornado el pequeño y regordete cuerpo del niño de ayer en un marcado cuerpo
musculoso del adolescente de hoy. Los ojos expresivos de su madre y sus
hermanas, la sonrisa traviesa y sincera, el noble corazón de un mancebo que va
preparándose para la vida. Recuerdos de su aguda voz de niño aún rondan mi
cabeza, con bromas, platicas, juegos, y también los pleitos propios del padre y
el hijo que tienen una forma muy parecida de ser. Veo en sus gustos un reflejo
de mi persona. Jerseys y cascos miniatura de Futbol Americano, Heavy metal en
sus playlist, ruido, estruendo. Trofeos y reconocimientos acumulados en una repisa
que ya nunca observa. Y algunos juguetes, libros, películas y videojuegos que
antes eran sus favoritos, olvidados en cajones, repisas y gavetas, tal vez para
nunca más salir. Y junto con ese cementerio de objetos inanimados yacen también
recuerdos de aquel pequeño niño que tanto hace que no está ahí. Y me pongo a
recordar cuanto hace desde el último beso espontáneo que me dio, sin pedírselo,
el último “te quiero” que me dedicó sin razón, solo porque sí. Es ahora un
hombre en formación, y esos sentimientos ya no son adecuado para su edad. Me
demuestra su amor con retos, con épicas pruebas de fuerza, con compartir
nuestros gustos, con sus partidos, con sus cada vez más escasas solicitudes de
ayuda para la tarea escolar o para situaciones de la vida. Es más y más independiente,
aunque en el fondo siga necesitando de mí. Siento nostalgia y envidia del
cariño que profesa a su mamá, pero envidia de esa rara que se acompaña de
satisfacción. Me percato que cada vez más frecuentemente me sumerjo en las
fotos de tiempos pasados con todos mis hijos, y al ver las de él siento
nostalgia y orgullo, amor y dolor. Y así, absorto en mis pensamientos y
añoranzas, con la mirada fija en él pero perdida en el infinito, repentinamente
se percata de mi presencia. Me ve, llama mi atención con un gesto burlón,
bromea un momento conmigo, la broma y el sarcasmo a flor de piel, interactúa
más como un camarada que como un hijo, y se dispone a continuar. Lo apuro, el
entrenamiento se acerca, la tarea debe acabarse y aún se debe preparar para
salir a toda prisa como todos los días. Me riñe, me debate, me refuta, pero
finalmente se aplica y regresa a su labor. Vuelvo a ser el padre apurado que
debe poner orden en su vida. Me alejo sin querer voltear a verlo, porque
volvería a mi añoranza de aquel bebito cariñoso que ya no está más. Cierro los
ojos y sueño con un beso, con un abrazo, con un te quiero, que sin saber cómo o
porqué, sé que en medio de esos minutos los recibí con creces, en su nuevo
estilo, con su nueva forma de amar. Me retiro sin voltear, no quiero seguir
pensando…no quiero llorar de alegría y añoranza. Pero volteo, lo veo, me
enamoro, suspiro, me aliento, y salgo de ahí.
De salida al tercer cuarto me encuentro con la más
pequeña, aún una bebé física y cronológicamente. Veo su pequeño cuerpo, sus
manos menudas jugando aún con muñecas y mueblecitos, que dibuja, ilumina,
escribe y ve caricaturas, como hacían sus hermanos en otros tiempos. Y con ella
el sentimiento es tan diferente, tan normal. Con ella son escasas las añoranzas
porque aún está en ese momento que añoro en los otros dos. No hay pasado, con
ella hay un maravilloso presente que me deja vivir el aquí y ahora, todo es
nuevo, todo es aventura, todo es amor. Sus juegos, su risa infantil, sus
comentarios pueriles. Ella rápidamente me ve, corre, me abraza, me besa, y me
pide algo de comer. Me sigue necesitando, sigo siendo su proveedor, su
guardián, su ayuda, su protector. Soy el caballero que ahuyenta a los
espectros, y sigo siendo el maestro que le puede enseñar un sinfín de cosas
nuevas cada día. Resuena en mi cabeza el cariño que muestra al decirme que soy
el mejor del mundo. Soy su campeón, y me hincha el pecho de amor y de orgullo.
Sonrío como un tonto, la abrazo contra mi cuerpo sintiendo en ese abrazo toda
la alegría del universo cuando su cálido cuerpecito se acurruca en mi: y me
pierdo en sus ojos y su voz. No necesito nada, solo su presencia, solo su amor.
Canta conmigo, juega conmigo, me sigue a todos lados. Es mi pequeña compañera.
Es mi presente. Es curioso, pero con ella no hay pasado ni futuro, con ella
puedo abandonarme en el presente y no mirar adelante o atrás. Imagino que con
sus hermanos, en su momento, viví esos mismos presentes sin mirar al pasado o
al futuro. Pero con ella quiero exprimir cada segundo que la vida me dé para
seguir sintiendo la alegría de su pequeñez, de su infancia, de su corta edad.
Tardo en salir de ese momento alegre, pero sé que debo volver a ser el padre
responsable y tomar mi papel inquisidor. La apuro a acabar sus sencillas tareas,
a bañarse, le doy un bocadillo y la miro alejarse feliz, saltando, jugando,
cantando, seguida por las perritas que la acompañan a donde va. Y conforme se
aleja y me deja solo en la cocina comienzo a extrañarla y a desear que los
momentos no acaben, pero el tiempo vuela, debo regresar a mi realidad. Bendigo
a Dios la dicha de esos minutos, y me ocupo de los pendientes que aún quedan
por terminar.
El resto de la tarde transcurre apresurada, casi
imperceptible, y en un suspiro la cocina, el transporte, los entrenamientos, el
baño de los niños y las tareas de la casa van quedando atrás. La noche ha
caído, y al fin podemos todos juntos cenar en familia como cada segunda noche. Sentados
a la mesa en nuestros acostumbraos lugares, comentamos todos juntos los hechos
del día, bromeamos, y somos por unos minutos una familia unida y feliz. Los
cinco departimos. Las risas inundan la casa con una vitalidad que da
luminosidad a la noche y hace desaparecer cansancio, preocupaciones y
sinsabores. No falta alguna fraternal riña o algún regaño maternal o paternal,
finalmente somos una familia, y eso es parte del día a día. Pero esos momentos
valen bien el esfuerzo de toda la jornda. La energía positiva de la cena es el
cuarto regalo que la vida me ha otorgado hoy. Me llena de fuerza, de amor, de
esperanza, de ilusión, de motivos para seguir la lucha el siguiente día. Pero
como todo lo bueno, debe haber un final. Vamos desfilando poco a poco a dormir
para reponer las energías, y uno a uno van cediendo los retoños al caer en un
sueño reparador. Las perras duermen a sus pies como uno más de mis hijos, y la
manada finalmente queda en paz. Las luces se apagan, los ojos se cierran, los
sonidos callan, finalmente hay silencio en el hogar. Es ahora momento de
terminar.
Pero, ¿quién falta en este recuento de bendiciones?
¿Acaso he olvidado a alguien en mi elegía? No, no la he olvidado, solo he
esperado el momento de referirme a ella, y darle su justo lugar en esta
historia. Desde que entra por la puerta la casa toma una nueva vida, un nuevo
color. Todos mis momentos terminan y comienzan los de ella. El cariño, la risa,
la atención de la pequeña se vuelcan a su alrededor, y finalmente comparto las
bendiciones con alguien más. Junto a ella todo toma sentido, se completa, y el
círculo se cierra para dar forma al milagro que el día me ha dado. Su voz, sus
ojos, su risa, su plática dan a la noche el toque final que tanto hacía falta
en esta historia. No hay historia sin la mujer que inició esta aventura a mi
lado, sin el amor de madre y de esposa dentro de la perfección que se abrió
ante mis ojos. Veo sus ojos, su rostro, su boca, toco sus manos, veo su amor
con los niños, y no puedo sino disfrutar el momento y gozar de todo mi clan. Y
cuando los pequeños se han ido, ya en la soledad de nuestro cuarto, podemos
finalmente hablar de nosotros, y narrar nuestros más profundos pensamientos.
Ahora me siento acompañado, encuentro a la compañera de viaje que elegí y que
desde hace tanto ha caminado a mi lado. Su voz me conforta, y me pierdo en sus
ojos, en su voz, en su piel. Somos uno solo, un matrimonio que pese a los años
sigue fuerte, sigue enamorado. Siento la dicha de estar a su lado, y nuevamente
bendigo el regalo que el día me otorgó. Nuevamente veo con ternura, con amor,
con nostalgia, y los recuerdos y los pensamientos me acompañan, imágenes de mi
novia, de mi prometida, de la mujer que llevé al altar, de la mujer que me dio
a cada una de las bendiciones que este día pude disfrutar. La mujer que a mi
lado ha transitado y con la que tengo aún tantas cosas que vivir, proyectos que
completar, aventuras que vivir. Cae finalmente dormida, fulminada por el
cansancio, y me pierdo en su rostro, en su ser, la abrazo queriendo protegerla,
como queriendo afianzarla a mi lado para toda la eternidad. Me sé afortunado de
tenerla a mi lado, deseo llegar al final del camino para toda la eternidad con
ella. Todo se resume a ese momento al finalizar el día, a esos últimos minutos
antes de cerrar la jornada.
Finalmente apago la luz, todo está en silencio.
Hijos, perros, esposa, todos reposan bajo el techo que llamamos hogar, lleno de
historias, bendiciones, añoranzas. Dentro de esas paredes tengo todo lo que
podría desear, y me doy cuenta de lo afortunado que soy al poder contar con
tanto milagro a mi lado. Observo las luces entrando por la ventana, el ruido de
la calle en la lejanía. Repaso mi recorrido por cada una de las camas para besar
las mejillas de mis retoños, tras verlos dormir, tras imaginarlos pequeños para
toda la vida. Me acurruco en mi almohada y veo a mi amor dormida a mi lado,
imaginándonos eternamente como somos ahora, siempre bendecido, imaginando que…
Y ya no pienso más. Las ideas cesan dentro de mi
mente, finalmente he caído en el sueño profundo que el cansancio me ha
obligado. No sé más de mí. Mi mente divagará en sueños que es probable no
recuerde la mañana siguiente, pero que sin duda girarán en torno de ese milagro
de Dios llamado familia que la vida ha puesto en mi camino. Mi corazón goza, mi
alma goza, mi añoranza llora de alegría. Y mi yo dormido alcanza a agradecer al
creador, ofrece el día por venir como una nueva ofenda de amor a cambio de una
nueva avalancha de bendiciones y alegrías. Y mi ser dormido silenciosamente
murmura: “Gracias Dios, Gracias Vida, Gracias amor…..Padre nuestro que estás en
el cielo…..”.